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Introducción

Esta exposición recorre cuatro décadas de producción de Alberto Giacometti (1901–1966), uno de los artistas más influyentes del siglo XX. A través de más de 200 esculturas, pinturas y dibujos, la muestra ofrece una perspectiva singular de la obra de este autor, y pone de relieve la extraordinaria colección de obras de arte y material de archivo reunida por la viuda del artista, Annette, que se conserva en la Fondation Giacometti de París.

Giacometti nace en Suiza en el seno de una familia de artistas. Su padre, el conocido pintor neoimpresionista Giovanni Giacometti —de quien se exponen tres cabezas realizadas por el joven Alberto—, le inicia en la pintura y la escultura. En 1922 Alberto Giacometti se traslada a París para profundizar en su formación artística y cuatro años más tarde se instala en el que será su taller hasta el final de sus días, un espacio alquilado, de apenas 23 metros cuadrados, en la calle Hippolyte-Maindron, cerca de Montparnasse. En aquella estrecha y minúscula habitación Giacometti crea una visión muy personal del mundo que le rodea.

La figura humana es un tema fundamental en el trabajo del artista. A lo largo de los años, realiza obras inspiradas en las personas de su entorno, principalmente en su hermano Diego, su esposa Annette, sus amigos y amantes. “Desde siempre, la escultura, la pintura y el dibujo han sido para mí medios para comprender mi propia visión del mundo exterior y, sobre todo, del rostro y del conjunto del ser humano. O, dicho de una forma más sencilla, de mis semejantes y, especialmente, de aquellos que, por un motivo u otro, están más cerca de mí, afirmó el artista.”

Las ideas de Giacometti sobre cómo abordar la figura humana se han convertido en cuestiones esenciales en el arte contemporáneo para las siguientes generaciones de artistas.


Sala 205

El encuentro con el Cubismo en París

En 1922 Giacometti se traslada a París para estudiar en la Académie de la Grande Chaumière con el escultor Antoine Bourdelle. Pronto descubre las obras poscubistas de Jacques Lipchitz, Henri Laurens, Constantin Brancusi o Pablo Picasso, y ello le llevará a abandonar su formación clásica y a adoptar el vocabulario formal del Neocubismo con un estilo muy personal, centrado en la figura humana.

La estatuaria clásica griega de las Cícladas que Giacometti contempla en el Louvre le impulsa a explorar la relación entre la escultura y el plano. También acude a menudo al Museo Etnográfico y lee con asiduidad revistas de la vanguardia, como Cahiers d’art y Documents, que reflejan el gusto de la época por el arte no occidental.

En 1927 estas influencias se sintetizan en Mujer cuchara (1927). Creada en yeso y posteriormente fundida en bronce, Mujer cuchara es la pieza más monumental y totémica de este período. En ella Giacometti interpreta la geometría característica del Cubismo, las formas estilizadas del arte africano y la simplicidad formal de la modernidad europea. Con un gran abdomen cóncavo que evoca el útero femenino, la escultura se inspira en las cucharas ceremoniales antropomorfas de la cultura dan africana y es un homenaje a la fertilidad.

Las esculturas de Giacometti se hacen cada vez más complejas y abstractas hasta culminar en unas formas aplanadas, carentes de volumen, cuyas pulidas superficies aparecen levemente grabadas o esculpidas. Esto se aprecia en Cabeza que mira (1929), pieza plana de yeso que presenta una sutil cavidad, casi imperceptible, que evoca un ojo. Estas obras se exponen en París en 1929 y despiertan el interés de prestigiosos artistas e intelectuales, como Georges Bataille, André Breton o Salvador Dalí.

Sala 206

El Surrealismo

La corriente artística y literaria del Surrealismo, que surge en 1924 y permanece activa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, tiene su epicentro en París. Entre sus premisas se encuentra la erradicación del racionalismo moderno a través del poder de la imaginación. Influidos por el psicoanálisis y los mitos, los surrealistas creen que adentrarse en el inconsciente puede revelar complejos mundos interiores en torno a sexualidad, deseo y violencia. Giacometti adopta la investigación del lenguaje de los sueños que propugnan los surrealistas, convertiéndose oficialmente en miembro del grupo de André Breton en 1931. Pronto la influencia surrealista se plasma en creaciones oníricas e imágenes insólitas que representan universos interiores.

El estilo sumamente personal de Giacometti despierta el interés de prestigiosos artistas e intelectuales: Dalí considera Bola suspendida (1930–31) como prototipo del “objeto de funcionamiento simbólico” surrealista de contenido violento o erótico. Objeto desagradable (1931) es la escultura más emblemática de esta tendencia y encaja a la perfección con las fantasías de brutalidad que pueblan los escritos de Georges Bataille.

Mujer degollada (1932) evidencia la adscripción de Giacometti al Surrealismo a principios de los años treinta. Al artista le interesan las maneras en que este movimiento se adentra en el inconsciente, introduciendo temas complejos, como los estados antagónicos de dolor y éxtasis, lo humano y lo no humano, y también motivos que generan atracción y repulsión al mismo tiempo, como la forma de los insectos.

Sala 207

Las “jaulas” y la delimitación del espacio; la calle y la plaza

En 1935 Alberto Giacometti se distancia del movimiento surrealista y vuelve a trabajar a partir de modelos, como su hermano Diego y la modelo profesional Rita Gueyfier, que posan para él a diario. El escultor explora diversas técnicas de modelado y pasa de trabajar por facetas geométricas a hacerlo de una manera más expresiva.

En la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, Giacometti comienza a crear figuras alargadas, escuálidas, de contornos desdibujados, que sugieren la figura humana vista desde lejos. Afirma que las figuras grandes le parecen falsas y que solo cuando las representa largas y estilizadas son fieles a su visión del ser humano.

Giacometti vuelve a utilizar el motivo de la caja a principios de los años cincuenta en numerosas obras, como Figurita entre dos casas (1950). La caja alude de una manera gráfica a diferentes conceptos relacionados con el existencialismo, como confinamiento, aislamiento o angustia, que pueden estar vinculados a la propia existencia. Esta misma idea subyace en las obras sobre el tema de la “jaula” con el que ya había experimentado durante su etapa surrealista, como ejemplifica La nariz (1947), cuyo extremo perfora literalmente el marco que la delimita, asomándose al exterior.

En El bosque (1950), Giacometti reúne una serie de figuras alargadas, ancladas a una base, de manera que se asemejan en cierto modo a un bosque. Están de pie, como si fueran árboles, y próximas entre ellas; sin embargo, no se tocan.

La relación entre estas figuras alargadas, arbóreas, se crea a través del espacio negativo en el que cohabitan. Esta y otras piezas similares de una sola figura o grupos de ellas expresan las ideas sobre las que Giacometti reflexiona en este momento: la convicción de que podemos sentirnos aislados incluso en un espacio abarrotado de gente, como calles y plazas, o en espacios abiertos.

Sala 209

El existencialismo: figuras alargadas y filiformes

Sartre definió a Giacometti como “el artista existencialista perfecto, a medio
camino entre el ser y la nada”.

A partir de 1945 Giacometti crea sus obras más conocidas. Se trata de figuras
extremadamente alargadas y estilizadas en las que revela sus nuevas inquietudes en torno al espacio y la distancia entre el modelo y el artista. Había regresado a París y el cambio de escala le permite expresar la angustia derivada del trauma de la guerra: “Después de la guerra, estaba ya harto y me juré que no dejaría que mis estatuas se redujesen ni una pulgada. Y entonces pasó esto: logré mantener la altura, pero la estatua se quedó muy delgada, como una varilla, filiforme”.

La exposición subraya el interés del artista por los materiales moldeables como el yeso o la arcilla. Mientras que muchos creadores se limitan a utilizar el yeso como material intermedio en la producción de una obra —después de modelar el objeto en arcilla y antes de fundirlo en bronce—, Giacometti lo emplea a menudo tanto para la forma inicial como para la pieza definitiva.

Cuando Giacometti es seleccionado para representar a Francia, su país de adopción, en la Bienal de Venecia de 1956, el artista reflexiona sobre cómo puede mostrar su trabajo en aquel espacio. Quiere realizar piezas nuevas para ser exhibidas junto a otras anteriores y crea la serie que titula Mujeres de Venecia. Esta exposición supone una ocasión excepcional para contemplar este conjunto de ocho esculturas de yeso, algunas pintadas, que desde el pasado mes de junio acoge el recién inaugurado Instituto Giacometti de París.

Sala 202

Esculturas diminutas y dibujos

Entre 1938 y 1944 la escala de las esculturas de Giacometti va reduciéndose y aumenta la distancia con el espectador. Durante la guerra, Giacometti se traslada a Suiza y allí pasa mucho tiempo con su sobrino Silvio, a quien enseña historia mientras esculpe su figura una y otra vez en una habitación de hotel transformada en estudio. En aquel espacio crea esculturas, como Busto pequeño sobre un pedestal doble (1940–41) y figuras realizadas del natural, como Silvio de pie con las manos en los bolsillos (1943). Años después, Silvio rememoraría el proceso empleado mientras posaba para su tío, unas veces durante 15 minutos, otras durante una hora. Un día realizaba una figura y al siguiente volvía sobre ella, reduciendo a no más de ocho o diez centímetros una pieza que había sido el doble de alta.

De esta manera conocemos de primera mano cómo Giacometti desestimaba o reducía sus obras, sintetizándolas en formas más pequeñas. El artista explica así su evolución: “Trabajando del natural llegué a crear esculturas minúsculas, de tres centímetros. Lo hacía a mi pesar. No lo entendía. Empezaba grande y acababa minúsculo. Solo lo diminuto se me antojaba parecido [al modelo]. Lo comprendí más tarde: no se ve a una persona en su conjunto hasta que se aleja y se hace minúscula”.

En esta sala se muestran diferentes estudios de cabezas realizados en tinta sobre papel de principios de los años sesenta. Estos dibujos permiten apreciar la práctica de Giacometti; su forma obsesiva de trabajar el rostro, tratando incesantemente de capturar la mirada, el brillo de vida en los ojos de cada individuo. Para él, la mirada, el modo en que esta puede penetrar en el espacio del espectador, es algo crucial.

Tras experimentar con técnicas de dibujo surrealistas o abstractas, el artista regresa al medio más tradicional: la pintura del natural, que practica hasta su muerte. Los esbozos compulsivos que realiza a diario son un ejercicio de búsqueda de la verdad en la representación.

Sala 203

Pinturas

En la pintura de Giacometti predominan los retratos, centrados en las personas más próximas a él, como su hermano Diego, su esposa Annette, su última amante Caroline y algunos amigos intelectuales. En las sesiones de posado, somete a sus modelos a largas sesiones de trabajo y les exige que permanezcan completamente inmóviles, en una búsqueda infructuosa de la máxima similitud.

A partir de 1957 pinta sus retratos acumulando capas de color y pinceladas que sugieren obras casi escultóricas. Sin embargo, el artista sigue considerando que fracasa en la representación de la realidad: “Mis pinturas son copias no logradas de la realidad. Y me doy cuenta, en mi trabajo, de que la distancia entre lo que hago y la cabeza que quiero representar es siempre la misma”. Esta fustración hace que Giacometti se centre en su trabajo con intensidad obsesiva y que, en ocasiones, destruya o rehaga sus obras. Su amigo el poeta Jacques Dupin describe el proceso de la siguiente manera: “Sí es el mío [mi rostro], pero también el de otra persona que, desde la distancia, surge de las profundidades y se aleja en cuanto intentamos atraparlo. El incansable análisis del modelo lo despoja a fin de cuentas de todo lo que tiene de reconocible para revelar lo desconocido, eso desconocido que liberan las profundidades”.

Los retratos de Giacometti son, en general, de una quietud estremecedora, con fondos de colores terrosos y grises, inacabados, atravesados por verticales y horizontales que enmarcan las obras y aluden a las líneas escultóricas de las jaulas: el confinamiento. Giacometti afirmó: “Tuve la sensación de que todos los acontecimientos existían simultáneamente a mi alrededor. El tiempo se hacía horizontal y circular, era espacio al mismo tiempo, e intenté dibujarlo”.

Sala 208

La investigación sobre la escala

En este espacio se puede contemplar un conjunto de obras que resume las diferentes escalas en las que Alberto Giacometti trabaja a partir de 1938. Antes de su época surrealista, había explorado numerosas variaciones de la forma y dimensiones de las bases de sus esculturas, que son parte integrante de la propia obra. En 1957 prosigue esta indagación en la escala y la figura humana con La pierna (1958), una monumental pieza encaramada a un pedestal sumamente alto. Su tamaño y su estado fragmentado nos recuerdan a la escultura antigua, una influencia que también hallamos en la serie de estelas, cuyas elevadas bases, similares a columnas, aparecen coronadas por bustos masculinos, como en Gran cabeza (1960).

Hombre que camina (1960) es la obra más conocida de Giacometti y una de las esculturas más célebres del siglo XX. En la década de 1930 había creado Mujer que camina, una figura femenina dando un paso adelante exquisitamente esbozado, y a partir de ese momento, había centrado su atención en la representación de ese gesto, inspirándose en la tradición de las estatuas egipcias. El artista es consciente de que ve a la mujer únicamente como una estatua desproporcionada e inmóvil, ídolo de la existencia, mientras que el hombre está en movimiento, avanzando con paso firme.

En 1959, retoma este motivo, que ya había aparecido en su escultura en 1947, para un conjunto monumental en una plaza situada frente al Chase Manhattan Bank, en Nueva York. Aunque finalmente el proyecto no llegó a culminarse, permitió que Giacometti creara las obras más grandes de toda su carrera, entre ellas Hombre que camina, que formaba un conjunto con una Gran cabeza y una Mujer alta que medía más de 2,50 m de alto.




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